domingo, diciembre 19, 2010

El wikigate

(Publicado en la Estrella de Iquique el 13 de di.de 2010)

Ya no hay nada secreto. Hasta los espías están cesantes. Al menos los de la generación de la guerra fría del tipo James Bond. Con la actual tecnología el espionaje de esos tiempos es absurda. Los teléfonos móviles mandaron a los museos a los célebres teléfonos rojos que usaban los presidentes top, para asuntos urgentes y secretos. Hoy en cualquier momento Sarkozy llama a Obama y le pregunta ¿Cuándo vas a venir para la casa negrito?
Hoy todo está en la web. Desde cómo preparar un par de huevos fritos hasta la fabricación de una bomba molotov. Desde el Alfa a la Omega, sin saltarse ni una letra. Vivimos en la era de las comunicaciones en donde la información recorre en tiempo real la aldea global a toda velocidad. Lo que está pasando lo estás viendo, dice el eslogan de la CNN. Otro da noticias las 24 horas. Y por si no lo vio, repiten, repiten y repiten. Yo al final vi salir como a 3.333 mineros en Copiapó. A la Pampita y su baile acuático-erótico de la vedetón la he visto como 40 veces. No hay salud.
El wikigate que produjo Julian Assange al destapar algo la nueva Caja de Pandora puso al aire miles de cables de agencias diplomáticas y de la inteligencia norteamericana, dejando en evidencia que ya no hay seguridad ni para “pelar” tranquilo como lo hacía mi abuela con otras veteranas. Esos eran tiempos más seguros, no como ahora. Me cuenta un amigo que ya no puede ir tranquilo ni a un motel porque pueden estar grabando. Y como en esos lugares piden carnet, es probable que no solo registren el número, día, hora de entrada y salida, sino también, el número de la patente y foto del auto. El cree que hay una potencial bomba de racimo en el sur de la ciudad. Algún día un hacker desquiciado aprieta play y sube todo a las redes sociales.
Se sostiene que la información pertenece a todos y debe fluir nítida, transparente y sin tapujos. Los ciudadanos tienen derecho a saber lo que hacen y dicen las autoridades y los referentes públicos que toman decisiones que pueden afectarle. Esto justificaría la desclasificación de ciertos datos. Pero ¿y mis derechos humanos, como diría Segovia?
Y el riesgo mayor viene con la Internet que nos puso en vitrina. Pero esto se veía venir. La ropa sucia ventilándose en el ciber espacio. Las fotos indebidas, el bullying escolar, las fiestecitas institucionales o las capacitaciones fuera del radio urbano. Y ahora tras este wikigate del sueco y una vez que los secretos de estado ya sean el pan de cada día, caeremos irremediablemente en los cahuines domésticos. Enterarnos del mundillo farandúlico.
La desclasificación sin embargo tiene algo bueno. Saber de inmediato lo “secreto”. Solo la historia nos revela lo que habría dicho O´Higgins de Carrera, Hitler de Mussolini o Miguel Grau de Arturo Prat. Haberlo sabido en su propio tiempo, si que habría tenido gracia. Digo yo.

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